Te olvido lentamente
como se olvida un sueño
o una palabra no dicha.
Te olvido con la calma
del campanario perdido,
de la voces abiertas
a las tardes de viento.
Te olvido en el rostro sereno
del olvido,
en el silencio empeñado
en dibujar huellas de nieve
en las palmas de las manos,
en el camino a mis sombras.
Te olvido con la fe de las estelas
que amanecen mi ronco vino,
con el sonar de las copas
que regresan milenios
y aún así, sabio y viejo,
este sarmiento en crudo
fue cosecha,
descansa en la acidez de las moras
cuando se escancian de tiempo
las zarzas impunes de las guitarras
y la melancolía gotea
las pestañas de las flores.
A este olvidar lejano
que no conozco,
a este galope presto de trueno,
a estas nómadas monedas que me encuentran
cuando muere el olvido.