Aléjate de mí,
mujer alocada.
No irrumpas con bebedizos
de una vida que conoces,
deja los mares y los trenes
que se alcancen cuando quieran,
no me hables del fuego
mientras se enfrían mis guantes.
Hoy quiero sembrar barro
en los campos del otoño
y lana deshilachada
en el lomo de los rebaños,
quiero que tu saco de «hechicerías y otros barcos»
navegue en las marejadas
y no hagas tambalear mi balsa
al grito de tus canciones,
no me muestres lunas entre los dedos
ni sumerjas mi pelo de alga en corales.
No me pintes escaleras de colores
ni grafitis de Valparaíso
al lienzo de mis ojos sinceros
y sobre todo -e importante-
no me muestres el mar
en los bailes de cocina
porque podría quedarme
de tabernera porteña.
Aléjate de mí, mujer alocada
lo suficiente para que pueda
seguir tu faro.